martes, marzo 11, 2008

Trabajos del alumnado: Los corrales de vecinos

En Sevilla había muchos corrales. Aunque aún quedan algunos, yo, en particular, voy a hablar del Corral de las Monjas, donde vivió mi padre, en la calle Conde de Ybarra.
En este corral había tres patios, en el primero y en el tercero había una fuente en medio. Había pequeñas viviendas en la planta baja y en la planta alta. Cada vivienda constaba de dos habitaciones, separadas por una cortina, donde estaban los dormitorios y el comedor. Podían dormir los hijos y el matrimonio separados o juntos, dependiendo del espacio.
La vivienda no tenía aseos, ya que había uno o dos para todos los vecinos. Tampoco había duchas y se lavaban en barreños o palanganas.
Para tener agua caliente había que poner el agua al sol o calentarla en una hornilla, que era de carbón y había que estar abanicándola. Las cocinas normalmente estaban fuera de las casas.
El ambiente era muy familiar ya que todos los vecinos se ayudaban y se llevaban bien, aunque también solía haber muchas peleas.
Las noches de verano eran agradables, ya que todos los vecinos sacaban los colchones al patio y se llevaban allí hasta las dos y tres de la mañana hablando entre ellos y los niños/as jugando por allí.
Se hacían cruces de mayo y cuando había algún tipo de fiesta participaban todos los vecinos.
La vida de hoy en día es más cómoda y más independiente, pero antiguamente el ambiente era más familiar y se ayudaban más los vecinos.

Francisco José Lappi Pastor, 3º ESO D

Educación para la ciudadanía: la convivencia con los vecinos.

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lunes, enero 28, 2008

Cuentos de Julio: Los Pantalones Mágicos

Tras la publicación de "Los Cuatro Juguetes", nuevamente volvemos para dar a conocer otro de los "9 Cuentos de Julio" que, sin duda, nos seguirá aportando valores que afortunadamente no mueren.

Un día de invierno, estaba un joven leñador trabajando en el bosque.
Comenzó a nevar, un viento frío sacudía a los árboles y el pobre leñador tiritaba entre sus ropas escasas y rotas. Y furiosamente cortaba leña y más leña.
Levantó el hacha para derribar un arbolito, pero antes de descargar el golpe oyó una vocecita fina y delicada que gritaba: ”¿que vas a hacer, leñador?”. El buen hombre, boquiabierto, miró a su alrededor, sin ver a nadie . Volvió a sonar la misma voz, diciendo:”¿No me ves? Aquí estoy “. Y allí de entre las hojas del pie del arbusto, salió un enanito empujando una nuez.

“¿Tienes frío?”, preguntó el enanito.
“¡Mucho!”, dijo el leñador dando diente con diente.
“¡Tienes unos pantalones tan malos! ¡Y tan poca ropa!”, exclamó el enano, mirando al leñador de arriba abajo.
¡Son ya tan viejos!, respondió el leñador, guardando las manos en los bolsillos llenos de remiendos.
“Me los dejó mi abuelo, hace mucho tiempo y no he podido ganar nunca bastante para comprar otros”
“Todo eso lo sé,-dijo el enanito- hace mucho tiempo que sé que eres un hombre bueno y laborioso, sé que trabajas cuanto puedes por ganar el pan de tus hijos. Yo quiero ayudarte y te voy a regalar unos pantalones“.

El leñador hubo de taparse la boca para no reir. ¿Cómo iban a estarle bien los pantalones del enanito? Pero aguantando la risa, cogió unos minúsculos pantalones de cuero que el enano le alargaba e intentó ponérselos. ¿Qué sucedió? Tan pronto como sus piernas tocaron los pantaloncitos éstos comenzaron a crecer , a crecer y no sólo le estuvieron bien, sino hasta elegantes. Con palabras emocionadas agradeció el leñador el regalo, cargó la leña al hombro y ya marchaba...
“¡Espera hombre!-gritó el enano- ¿Dónde vas?”
“Voy al pueblo a vender la leña y comprar pan para mi mujer y mis hijos” replicó el leñador
“Cuenta antes el dinero que tienes en el bolsillo del pantalón, recomendó el enano.
“Ya lo sé -dijo el leñador sin moverse-tengo seis perras”.
“Sácalas y cuéntalas.
Así lo hizo el leñador y su asombro fue grande al contar doce perras.
“¡Cuéntalas de nuevo!” ordenó el enano.
Lo volvió a hacer el buen hombre, y ahora ¡tenía 24 perras!
“¿Cómo puede ser esto?”, exclamó el asustado leñador.
El enanito, calándose el gorro hasta las orejas dijo: ”Ese es mi regalo. Cada vez que cuentes el dinero tendrás el doble de lo de antes. Pero no olvides que siempre has de llevar puestos los pantalones que yo te he dado. Si te lo quitas, tu dinero no aumentará”.
Y dándole un empujón a la nuez, desapareció entre las hojas.
Volvió el leñador a su casa, en el camino paró muchas veces, contó y volvió a contar el dinero, y éste aumentaba, duplicándose una y otra vez. Cargado con tanto dinero como podía llegó a su casa. ¡Qué alegría aquella noche! Comieron pan y jamón y dulces y cuantas cosas ricas pudieron encontrar. Compró a su mujer y sus hijos nuevas y abundante ropas y para él un abrigo de pieles ¡Qué feliz fue la familia del leñador!.
Pronto fue el leñador el hombre mas rico de la aldea. Siempre bueno para los pobres y necesitados, en ninguna casa padecieron hambre, para todos estaba abierta la puerta del rico leñador.
Pasaron unos años y el leñador, que contaba su dinero diariamente, era más y más rico. Y los pantalones de cuero no se los quitaba más que para dormir.
Cuando iba a la capital, la gente se reía de los viejos pantalones de cuero que llevaba y los señalaban con el dedo. Un día avergonzado con las burlas y olvidándose de todo, se compró unos magníficos pantalones de terciopelo verde y se los puso, guardando los de cuero en un baúl. ¡Qué orgulloso se paseaba por la ciudad con sus pantalones nuevos!

Cuando aquella noche el leñador contó su dinero no aumentó. Lo volvió a contar y nada, el dinero no se doblaba. Desesperado corrió al baúl para ponerse los pantalones mágicos, pero el baúl estaba vacío. Solo había en el fondo una nuez hueca .
El leñador, como había sido siempre bueno con los pobres, no perdió su dinero y vivió feliz y contento, sin olvidar nunca al enanito del bosque que tan bueno había sido con él.

Julio Castro Torres. "9 Cuentos de Julio".
Prisión de Burgos.
Navidad 1940

Lorenzo Abalat. 4ºESO-B-Diversificación.

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jueves, diciembre 13, 2007

LOS CUATRO JUGUETES


Era un soldado mecánico. Se le ponía en pie, se le daba cuerda y marchaba marcando el paso:
Un, dos... papa y arroz...
un, dos...
¡Qué bonito era!. Su uniforme brillante, su fusil al hombro, su gorro con plumas, su apostura marcial, era el encanto de los niños que se paraban a mirar el escaparate de aquella tienda de juguetes. ¡Cómo presumía cuando el dependiente lo ponía sobre el mostrador, le daba cuerda y él comenzaba a marchar, muy tieso,
Un, dos... papa y arroz...
un, dos...
Su ilusión era ser comprado por algún niño, que alegre se divertiría viéndole desfilar. Llegó la noche de Reyes y Soldado Mecánico estaba emocionado y tembloroso, esperando ser comprado de un momento a otro. La tienda estaba llena de niños y de padres comprando juguetes. De pronto un niño de ojos azules, que venía con sus papás, se quedó mirándolo. Lo señaló con el dedito. Un dependiente lo cogió, le dió cuerda y él arrogante orgulloso, comenzó a marcar el paso
Un, dos... papa y arroz...
un, dos...
Algo metálico sonó dentro de Soldado Mecánico. Se detuvo y cayó. El dependiente lo levantó, le intentó dar cuerda, pero el juguete cayó de nuevo. “Se le ha roto la cuerda”, dijo el dependiente. El niño se alejó con sus padres y Soldado Mecánico fue arrojado a un rincón con otros juguetes rotos o viejos.
¡Qué pena para Soldado Mecánico! La noche avanzaba y no iba a gozar la alegría de que los niños jugasen con él. Lloraba el pobre juguete arrumbado en su rincón, solo. Los juguetes que quedaban, confiados en que algún niño los compraría, se burlaban de Soldado Mecánico. “¿No presumías tanto marcando el paso? ¿Porqué no desfilas ahora?”, chillaba zumbona la Muñeca que habla. “Los juguetes de cuerda han pasado de moda -decía Gato de Trapo- Ahora los niños prefieren los juguetes blandos como yo.”“Es que hay muchas clases de cuerdas -gritaba Automóvil de Lata- Mira tú como yo nunca dejo de estar de moda.”
Iba marchando la gente. Se iban llevando los últimos juguetes. La tienda se quedó vacía. Por la ventana entraba la Luna. Soldado Mecánico se ahogaba de pena. No podía soportar pasar la noche de Reyes triste y abandonado, sin verse rodeado de la risa y los gritos de los niños felices. Hizo un esfuerzo desesperado por levantarse, agarrándose a un triciclo roto y a un tragabolas partido. Logró ponerse de pie, intentó andar, y ¡oh, felicidad!, su cuerda funcionó, comenzó a mover las patitas, una, otra, y marcando el paso llegó al centro de la tienda solitario. Vió la luz de la Luna que entraba por la ventana, y trepando por unos cajones, escapó:
Un, dos... papa y arroz...
un, dos...
Calle abajo, a la luz de la luna, iba Soldado Mecánico, en busca de la alegría de los niños.¡Qué orgulloso y contento iba, con su brillante uniforme! No torcía ni a la izquierda ni a la derecha, marchaba de frente, decidido como un valiente soldado: “Andaré cuanto sea preciso, pero he de encontrar niños con quienes jugar y con quienes pasar feliz la noche de Reyes”, decía, y seguía calle abajo.
Un, dos... papa y arroz...
un, dos...
Al pasar por una cacharrería oyó suspirar, miró y vió un caballo de barro con patas de alambre.
Soldado Mecánico se cuadró, saludando, y dijo: “Me quedé solo y he salido en busca de niños con quienes jugar. ¿Quieres venir conmigo?”.
Sí, - dijo Caballo de Barro, al que le pasaba lo mismo.
Y Soldado Mecánico siguió marchando...

Un, dos... papa y arroz...
un, dos...

Y detrás Caballo de Barro, tambaleándose sobre sus patas de alambre.
Al pasar por una plaza oyeron llorar junto a una caseta de lona. Era un balón algo desollado, que, tampoco había tenido comprador. “¿Dónde vais tan tarde?”, preguntó haciendo pucheros Balón Desollado. Soldado Mecánico se cuadró, saludando y dijo: “Me quedé solo y he salido en busca de niños con quienes jugar. Caballo de Barro viene conmigo. ¿Quieres venir tú también?. Sí, dijo Balón Desollado secándose las lágrimas. Y Soldado Mecánico siguió marchando
Un, dos... papa y arroz...
un, dos...
Y Caballo de Barro y Balón Desollado iban detrás, calles arriba y calles abajo, decididos y contentos. Iban por una calle pobre, de casitas pequeñas. No se veían niños por ninguna parte, ¡Era tan tarde!. Oyeron ruido de latas, era una Locomotora, que nadie había comprado porque le faltaba una rueda. Soldado Mecánico se cuadró saludando, y dijo: “Me quedé solo y he salido en busca de niños con quienes jugar. Caballo de Barro y Balón Desollado vienen conmigo. ¿Quieres venir tu también?” Sí, dijo Locomotora sin Rueda, echando vapor de satisfacción. Y Soldado Mecánico siguió marchando
Un, dos... papa y arroz...
un, dos...
Y detrás Caballo de Barro balanceándose sobre sus patas de alambre, Balón Desollado bamboleándose y Locomotora sin Ruedas, pitando y resoplando, los ruidos de latas viejas. Comenzaban a ponerse tristes porque no encontraban niños. Estaban ya en las afueras de la ciudad. Habían marchado calles arriba y calles abajo, y ahora estaban perdidos. ¿Qué iba a ser de ellos?

Soldado Mecánico miró al cielo. Brillaba una estrella muy grande. “Querida estrella, -dijo Soldado Mecánico- nos hemos perdido. No encontramos niños con quienes jugar.” Algo maravilloso sucedió, la estrella comenzó a bajar, a bajar, trazando en el cielo un camino de luz. Soldado Mecánico y sus amigos siguieron en pos de aquella luz. Marcharon por calles y plazas
Un, dos... papa y arroz...
un, dos...
hasta que la luz se detuvo sobre una casita muy pobre, al lado de un camino.

En una ventana abierta había una vela encendida, y al lado una fila de zapatos y alpargatitas rotos y remendados. Soldado Mecánico no vaciló un momento, y decididamente trepó y entró por la ventana, marcando el paso,
Un, dos... papa y arroz...
un, dos...
Y detrás, valientes y contentos iban Caballo de Barro, Balón Desollado y Locomotora sin Rueda.
En aquella casa vivían cuatro niños pobres que no tenían juguetes. Uno cogió a Soldado Mecánico, otro cogió a Balón Desollado, otro cogió a Locomotora sin Rueda.

¡Qué alegres se pusieron los niños! ¡Qué felices fueron los juguetes! Y Soldado Mecánico fue el más feliz de todos. Ya tenía niños con quienes jugar.

Julio Castro Torres. "9 Cuentos de Julio".
Prisión de Burgos.
Navidad 1940

4ºESO-B-Diversificación.

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Memoria Histórica de Julio Castro: Navidad de 1940

Ley de de Memoria Histórica, recientemente aprobada por las Cortes Españolas, viene a “reconocer y ampliar derechos en favor de quienes padecieron persecución o violencia, por razones políticas o ideológicas, durante la Guerra Civil y la Dictadura, promover su reparación moral y la recuperación de su memoria personal y familiar”.

Desde aquí queremos recordar la historia de Jose Julio Castro Torres que en la Navidad de 1940, encarcelado por sus ideas en la prisión de Burgos, escribió y encuadernó primorosamente con la ayuda de sus compañeros de cárcel, los “9 Cuentos de Julio”, un hermoso regalo para sus hijos pequeños, Francisco y María Teresa.

Sesenta y siete años después lo tenemos en nuestras manos, no sólo para recuperar su memoria sino para hacer nuestros los valores que quiso transmitir a su familia y fueron la guía de una vida llena de dificultades.

Nació en Málaga en 1909 en el seno de una familia republicana. Estudió Magisterio y se afilió en1928 a la Federación Universitaria Escolar, asociación estudiantil que se enfrentó a la Dictadura de Primo de Rivera. En 1929 obtuvo el título de Maestro Nacional, ejerciendo su carrera en Benaque(Málaga) y Tineo(Asturias) donde puso en práctica el método de “sesión doble” que consistía en dar clase a los niños por la mañana y a los adultos por la tarde. En 1932 se afilió a la FETE-UGT y en 1933 vuelve destinado a Málaga, iniciando paralelamente sus estudios de Medicina en la Universidad de Granada. Hasta 1936 colabora con la revista republicana “Caracola” junto a otros intelectuales izquierdistas.

En 1937 es detenido y encarcelado en Málaga, al entrar en la ciudad las tropas franquistas. Fue condenado a la inhabilitación perpetua como maestro y 30 años reclusión, siendo trasladado al penal de Burgos donde escribirá los cuentos para sus hijos.

Liberado en 1943 terminó sus estudios de Medicina en 1948. Huyendo de la represión franquista, en 1950 se marcha a Buenos Aires donde desarrollará su carrera como médico y sobre todo seguirá luchando por las libertades en el campo de la divulgación médica, traducción de libros, colaboración con la cooperativa socialista “El Hogar Obrero” y el Centro Republicano Español en Buenos Aires. En 1968 murió prematuramente.

En su memoria, publicaremos “9 Cuentos de Julio” en nuestra bitácora para que su rastro no se pierda nunca. Desde aquí, gracias a su familia por permitir que sea posible.

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