miércoles, marzo 04, 2009

70 Aniversario de la muerte de Antonio Machado

El 22 de febrero se cumplieron 70 años de la muerte de nuestro poeta sevillano Antonio Machado en Colliure, Francia. Su muerte ocurrió justo un mes después de abandonar España cuando la guerra civil arrojaba al exilio a una parte importante de la población española.

Llama la atención la diferencia entre estas dos fotografías, la primera hecha por Alfonso, del que hemos tenido una exposición estos días en nuestra ciudad, la otra de la última época, ya derrotado y envejecido con apenas 63 años de edad. Existe un relato desgarrador de los últimos días realizado por Pablo Corbalán con los testimonios de Corpus Barga, amigo que acompañó la poeta y a la familia en su huida.

Se han celebrado recientemente los aniversarios de Juan Ramón Jiménez y la Generación del 27 a instancias de la Junta de Andalucía. ¿Por qué no de Machado, uno de los sevillanos más preclaros de nuestras letras?
Desde aquí queremos dedicar un recuerdo y hacemos una invitación a toda la comunidad para recuperar su poesía, su sencillez, su humildad y su lucidez, esas que caracterizan a "un hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno" como él se definía en su

RETRATO

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.


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