sábado, noviembre 25, 2006

Alcestis V: la muerte anunciada


ALCESTIS

No quiero ceder a la ternura. Me invade la nostalgia, pero el tiempo apremia, y siento que manos invisibles y frías tiran de mí desde debajo de la tierra. Son como larvas, Admeto, se arrastran por mi piel, la dejan lívida, trastornan mis ideas.

ADMETO

No hables así, esposa mía, no puedo soportarlo.

ALCESTIS

Tiene que ser así, y así tú lo has querido. Debes escucharme ahora, debes oír mi único y último ruego, antes que sea tarde.

ADMETO

Contengo mis lágrimas y escucho. Pero preferiría emplear este tiempo que nos queda en suplicar a los dioses...

ALCESTIS

Es inútil. Los dioses no son compasivos, Admeto. Son temibles y vengativos, y ojalá no sea yo doblemente castigada por mi atrevimiento al decir estas cosas. Pero quizá algún día, cuando yo ya no exista comprenderás tú qué flaco favor te hizo Apolo.
Ahora tengo que hablarte. Quedan nuestros hijos, esos niños a quienes crié con todo el cariño que una madre alcanza a dar.
No quiero exigir, no quiero pedir a cambio de morir en tu lugar favor alguno.

ADMETO

Estás en tu derecho si lo haces. Tú has sido para mí mejor que mi propia madre, has sido mi madre en realidad, porque me has dado la vida a costa de la tuya. Lo que ni ella ni mi padre han querido hacer por mí.


ALCESTIS

Nacemos ya con nuestras obligaciones prefijadas. No todas las vidas valen lo mismo. Vale más la del hijo que la de los padres, vale más la del marido que la de la esposa.

ADMETO

Pero tú eres joven, podríamos vivir juntos todavía, una larga vida maravillosa. Podríamos seguir criando a nuestros hijos, que ahora se verán privados de su dulce madre.

ALCESTIS

Yo te quiero, Admeto, y desearía permanecer aquí en la tierra contigo y con mis niños. Pero quizás sin mi partida no sabrías tú cuánto me amas y, sobre todo, no lo sabría yo (esto último con amargura). Los dioses han dispuesto que las cosas sean así. Tendrán sus razones. También tus padres tendrán sus razones. No debemos juzgar. Yo no quise en su día cuestionar el proceder de mi padre, que despojó a su hermano, que quiso deshacerse también de su sobrino, Jasón, para disfrutar él solo de un discutible poder. Tampoco quise intervenir en el complot de Medea, que causó su muerte.
Ahora déjame que te hable, antes de que mi razón se vea oscurecida para siempre por la cercanía de la muerte.
Si eliges otra esposa en mi lugar...

ADMETO

¡Jamás! Tu eres mi única esposa. Aunque sea en mármol he de mandar modelar tu imagen para que duerma a mi lado. Aunque sean frías mis noches no las pasaré con otra. Nada puede suplir tu suave tacto, pero revestiré de seda las carnes heladas de la imagen. Y soñaré contigo. Caronte no me puede arrebatar mis sueños. Y en ellos podré escuchar tu voz.

ALCESTIS

Te agradezco tus buenas intenciones. Pero bien sé que tu luto será breve. No, no digas nada. Es lo natural y tú, además, no eres hombre que sepa vivir solo. Después de dar la vida por ti, no voy a exigirte que vivas a medias. Pero me gustaría que eligieras bien a tu próxima esposa, teniendo en cuenta a nuestros hijos. Que ella respete tu cariño hacia ellos y en lo posible lo comparta. Que sea cariñosa con el niño y cómplice y aliada para ella. Las mujeres necesitamos más una madre que los hombres, porque nuestra vida es mucho más limitada, porque ella es amiga y consejera. Nadie como una madre para elegir al futuro esposo, del cual dependerá su felicidad en esta tierra y aún después. Nadie como una madre para reconfortarla cuando tenga a sus propios hijos. No escojas una madrastra. Busca una nueva madre para ellos. Aunque a mí me olviden.

ADMETO

Nadie podrá olvidarte. Menos tus propios hijos.

ALCESTIS

Sé que permaneceré en la memoria de los hombres. Triste consuelo servir de tema para las tragedias.
Prométeme...

ADMETO

Te lo prometo. Si llegara el caso, sabré elegir la mujer adecuada.

ALCESTIS

Entonces parto tranquila. Y he de partir ya, esposo querido. Siento el peso de la sombra en mis pestañas. Acompáñame al lecho. Se me doblan las rodillas. De puro cristal tengo hechos mis huesos. Cristal que brota de mis ojos, brillantes estrellas me acompañan...
Bésame, que me lleve solo la calidez de tu boca.

(Él la besa y ella se desvanece en sus brazos. Admeto la coloca en su lecho fúnebre, colocando flores en sus manos unidas. Se arrodilla junto a ella, apoyando la cabeza a los pies del lecho)

CORO

Es este un dolor antiguo y anunciado.
Un dolor que recorre los caminos
Sobre las alas de las mariposas negras.
Nada añadirá otro llanto a tantos llantos.
Bajo la tierra negra
Otro cuerpo más que fue adorado.
Sobre la hierba, molesta y removida
Un nombre más que nada significa.

Flores ajadas
Manos nerviosas
Oídos prestos
Labios renuentes.

Es un dolor antiguo este, y anunciado.
Ha habido tiempo. Ha habido mucho tiempo:
De desgarrar las nubes,
De disparar las flechas hacia el cielo.

¿Por qué nadie grita, nadie corre, nadie muere
del dolor conocido?

Solo una melancolía gris araña las ventanas
Una tristeza suave se extiende por el campo
Y llama a nuestras puertas.

Lamentables los gestos de los que permanecemos:
Somos inútiles fabricantes de historias
Que precisan exégesis.

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