viernes, marzo 10, 2006

PENÉLOPE

Recuerdas cómo fui luz,
De oro mi cabello y mis mejillas,
Refulgentes los ojos y los labios.
Recuerdas cómo fui agua
De cálidas corrientes.
Iluminaba Ítaca mi paso de princesa.

Ahora soy una especie de loca
A la que solo los muertos ya pretenden.

Ahora mis ojos son
Carbones apagados,
Dos perlas de basalto
Que miran fijamente.

Ahora mis cabellos
Carecen de sentido.
No son adorno
Ni abrigo
Ni trabajo.

Mi corazón es solo
Un rojo harapo sucio que te espera.

El mar,
Cruel intensidad que no comprendo.

La existencia termina.
Por fin
La vida se me acaba.

Aún conservo la pena de saber
Que nunca escucharé las palabras ansiadas.
Las que yo misma grito cada noche
Hacia el cielo de Grecia
Saturado de estrellas.
Las que me devuelve cada vez, golpeándome
Piedras de granizo
Desmesurado.
Palabras que aún debes tener guardadas como larvas
En el fondo de tus oídos dormidos.
Que deben de brotar
Cuando abrazas a otras en playas desconocidas.

Nunca pensé que el mar llegaría a ser
Este insomne, encarnizado enemigo.
Que percibiría la erosión de las rocas solitarias.
Solo se me turban los ojos con asombro
Cuando lo veo indiferente
Tras la ventana muerta.
Solo se me nublan cuando se enfurece
Contra quién
Hasta cuándo.
Si ya ni tu memoria permanece
Salvo en mis plantas agobiadas
De recorrer la playa.
Golpes de agua que han roto mis rodillas,
Que me impiden continuar
La inútil vigilancia,
Por si algún día la eterna vela gris
No fuera otro espejismo.

Tu barca será la de Caronte
Porque es imposible que estés vivo todavía
Según el cómputo del tiempo
Que siguen los mortales.
Es imposible que mantengas
Algún jirón de carne
Sobre los huesos que veo calcinados.

Y yo sin embargo aún me cubro
Con este arrugado palimpsesto
Que reescribe la historia
Que grabó una y otra vez
La aturdida esperanza.

No existen ya las mejillas que cubrías de besos.
Quedaron solo los huecos
Al igual que quedó
El recuerdo del sol
En el extraño cielo que contemplo
Como a través de una campana
De cristal oscuro.

Las nubes son las mismas
Metálicas
Inmóviles.

No existen ya los pechos
Que tus manos calentaban
Hace ya tantas noches
Que no tiene sentido
Recordarlo.

No hay en Ítaca nada que conserve
La vida o la cordura.
Mi corazón es solo
Un rojo harapo sucio que te espera.

Texto e imagen de A. San Martín

1 Comentarios:

Blogger MELI dijo...

CIRCERÍA

A estos hombres
los transformé en versitos
y los confiné libros y revistas
porque, con los tiempos
que corren, no es cosa
de andar encima procurándoles bellotas ni margaritas, para los días
de guardar.

En cuanto al Ulises, ese, de Ítaca,
díganle que de áspides, sapos
y mastodontes como él
tengo llena la sartén.
Además, el juego (circense)
de las resurrecciones
no es más una especialidad mía.
Yo ahora, tejo.
Créanme.

LUISA FLUTORANSKY

3/13/2006 9:51 p. m.

 

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