miércoles, marzo 01, 2006

El Bote de melocotón



En aquella época en que acabar las clases en la escuela suponía disfrutar de la calle, empedrada todavía, con el pan y el chocolate en la mano, escasos de ropa porque no sentíamos el frío, ni la lluvia, que parece que no cejaba nunca y ocasionaba grandes océanos, que con el tiempo terminaron siendo charcos, donde echábamos a navegar nuestros barcos hasta que zozobraban debido a los temporales originados por nuestras manos y soplidos; y todo esto sin hacer caso, por supuesto, a los anuncios de enfermedad pregonados por los agoreros adultos, para que, al final, tal como te habían anunciado, y a pesar de la corta edad que parece hacerte resitente a todo, te venciera el enfriamiento y terminaras poniéndote enfermo...

La fiebre conseguía postrarte en la cama y no podías tragar debido a la fuerte infección que tenías en la garganta, pero sin duda terminaría remitiendo tras las tremendas inyecciones que te ponía el "practicante" , después de un inquietante ceremonial de esterilización de la misma jeringuilla y aguja que acababa de utilizar con otro paciente. Uno apretaba el glúteo de turno a pesar de los cachetes con los que intentaba relajarlo el temido banderillero y , como seguramente la aguja ya estaba roma del uso, terminabas llorando de dolor mientras el antibiótico se introducía por las fibras del músculo.

Por supuesto, perdías el apetito. Entonces, como una especie de confabulación ceremoniosa, las mujeres de la familia y las vecinas te visitaban llevándote como presente un bote de melocotón en almíbar. Se supone que la costumbre tiene su origen en el momento en que este producto surgió como novedad, apetecible para los enfermos y dulce en extremo para los niños. Los botes se iban almacenando en la alacena en la que siempre había algún excedente de la última enfermedad habida en la casa y así, al que le tocaba en suerte, iba destinado para otro enfermo que había que visitar. De esta manera, algunos botes se recorrían las casas del pueblo varias veces y se reencontraban con viejos conocidos en las baldas de aquellas oscuras y frescas alacenas. El espíritu de la salud, metido en un bote de melocotón, te protegía contínuamente porque además su fecha de caducidad era muy lejana. El grave problema es que antes no me fijaba en estos detalles.

Yo, desde aquí, José Ramón, te quiero enviar ese elixir enlatado, que ha recorrido muchas casas , y que encierra todo el deseo de salud que, durante generaciones, se ha ido transmitiendo... con la sencillez de un bote de melocotón.

2 Comentarios:

Blogger Rosa Baena dijo...

Pues yo también te envío, Jose Ramón, un bote de melecotón de kilo para que te pongas bueno pronto. Cuida mucho tu buen corazón y no fumes. Besitos.

3/02/2006 7:34 a. m.

 
Anonymous Juana G. Linares dijo...

A José Ramón
Los días discurren veloces,
empujados por vientos extraños, ajenos,
mientras nosotros, arrastrados por la rutina
vamos de la casa al trabajo
ocupados en programaciones, evaluaciones, cursillos... tutorías,
resultados académicos, exámenes, reuniones de claustro,
lamentos compartidos por la actitud del alumnado,
con la mirada fija en los días de fiesta del calendario
o haciendo planes para el próximo verano
o enfrascad@s en los nuevos retos de la informática
como cuando estrenábamos zapatos allá en nuestra infancia.

Los días pasan y el tiempo parece dormido
en los gestos cotidianos
en la respiración armónica de las horas
hasta que nos hace soñar la eternidad
y pensamos en mañana y en pasado mañana
y en lo que haremos cuando tengamos tiempo
y dejamos problemas sin resolver
palabras sin pronunciar
caricias sin repartir
secretos sin compartir,
todo aparcado hasta un futuro inmediato
donde esperamos ser más libres que ahora.

Pero de pronto una mañana un cuchillo corta un hilo
con la noticia de que somos mortales,
y por primera vez todo se tambalea,
nos sentimos tan frágiles como el cristal,
“y desque vemos el engaño
y queremos dar la vuelta
no ha lugar”

Hoy yo tengo la oportunidad de decirte lo que durante tantos años no te he dicho: me alegra haberte conocido, haber trabajado junto a ti en este nuestro centro donde entramos relativamente jóvenes y donde nos hemos hecho ya adult@s. Ahora que estamos en el “mejor momento de nuestras vidas” no vayas a renunciar; nos quedan muchas cosas por compartir. Recupérate pronto, te esperamos. Un fuerte abrazo

3/06/2006 1:46 p. m.

 

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